La comunicación en la era del algoritmo: cuando la crítica se convierte en publicidad
Antes, tanto la palabra escrita como las intervenciones a través de diferentes medios tenían el poder de denunciar, de señalar las conductas respecto de los valores sociales. El objetivo era evitar que ciertos comportamientos se convirtieran en modelos a imitar. Sin embargo, en la era del algoritmo, el ataque o la sola mención puede convertirse en publicidad, que también resulta en una estrategia de popularidad.
Esta es la era del algoritmo, en la que el área de la comunicación es aliada de la estridencia, de la repetición, de los comentarios, de las reacciones, de los reenviados y de los debates —mientras más cruentos y vulgares, mejor—. Hay quienes viven de los escándalos públicos y hacen todo lo posible por llamar la atención; no les importa un bledo la cultura, la buena educación, los buenos modales ni el rumbo de la juventud. Lo que les importa es el dinero y la notoriedad: su ego se eleva a niveles inimaginables.
Antes, la estrategia era fácil: se denunciaba una conducta de manera pública y la crítica posiblemente dañaba la imagen de la persona, que recibía el rechazo de la sociedad. Ahora tenemos una sociedad a punto de su desenlace, donde la involución amenaza la propia existencia. Mientras la tecnología avanza hacia niveles extraordinarios de desarrollo, una parte de la sociedad que consume esa tecnología está sometida a una preocupante degradación de valores.
No son esos fenómenos que surgen cada cierto tiempo los culpables de la degradación. Ellos también son fruto de un esfuerzo, de una frase pegajosa, de una imagen que pegó.
No hay nada malo en que surjan personajes de la misma entraña del pueblo; al contrario, es una esperanza que surge entre la pobreza. Pero este fenómeno no es solo de los sectores desposeídos, sino que de las altas alcurnias surgen también dichos personajes
La popularidad no es mala; lo que debe usarse es para bien social. Aportar al país no es solo con empresa ni con empleos. La mayor contribución es apostar a los valores, a la cultura de un pueblo, a la educación que forma al individuo y con ello a una mejor convivencia social que genera tranquilidad y desarrollo en un país.
Los culpables de la vigencia de ciertos personajes son todos los que han querido coger las cosas fáciles; son los que venden sueños de éxito bajo lo mal habido, los que estrujan a la sociedad con sus supuestos triunfos moldeados por las inconductas y por el dinero fácil. Pero los peores son los que aplauden. Los que, con el solo hecho de congraciarse con su protagonista, tocan la misma música. A los que se arrodillan ante ellos en busca de canonjías.
Contrarrestar conductas en la era del algoritmo
Algunos creen que con comentarios negativos van a contrarrestar figuras incrustadas en las redes, pero eso los hace más populares; para los sistemas de recomendación algorítmica, una reacción negativa puede convertirse en una señal de interacción y contribuir a que cualquier contenido alcance a más personas.
Cada mención del nombre y el anexo de una imagen o de un video puede generar nuevas interacciones y contribuir a aumentar la visibilidad. El alimento de las plataformas son las reacciones, la indignación, el escándalo; generan más interacciones que las actitudes sosegadas, y por eso esos epítetos, esos mensajes descompuestos y soeces.
Cada mención del nombre y el anexo de una imagen o de un video puede generar nuevas interacciones y contribuir a aumentar la visibilidad.
Lo que era fácil en aquellos tiempos, hoy es más difícil. La estrategia podría ser contraponer esos casos con ejemplos positivos de la sociedad, con trayectorias construidas con base en esfuerzos, con historias de superación, que en nuestro país sobran en el empresariado, en la política, en el deporte y en el mundo artístico. También los encontramos en personas de estrato social que han «roto corozo» y han alcanzado el éxito que disfrutan en tranquilidad, sin pensar que el que les dio «la mano» espera la devolución, pero con creces.
En nuestro país hay verdaderos valores para mostrar y enaltecer
Popularidad, éxito y espacio de poder
Ahora debemos preguntarnos: ¿Debe la popularidad convertirse en un requisito suficiente para alcanzar espacios de poder?
Suele suceder muy a menudo que alguien que se considere muy popular quiera dar un paso hacia la presidencia de la república. Eso no tiene nada de pecaminoso porque es un escalafón más en sus objetivos y dicen algunos «que el techo es el cielo». Ya ha pasado con militares, artistas, empresarios y comunicadores y, si mal no recuerdo, con deportistas que han cuajado candidaturas o, por lo menos, lo han intentado.
El algoritmo, por una serie de variables, da visibilidad a determinados programas y a personas, pero no por su calidad: ser visible no significa ser referente. Tampoco ser referente significa necesariamente estar preparado para dirigir.
El verdadero problema es cuando se legitima a alguien socialmente; es lo que da paso o no a esas pretensiones.
Es posible que alguien tenga fama, visibilidad y número de seguidores, pero no necesariamente equivalen a autoridad moral. Mucho menos la popularidad garantiza la preparación para gobernar ni, posiblemente, la obtención de votos. En la era del algoritmo, es necesario apartar las emociones y observar quién tiene las condiciones para merecer realmente nuestra confianza.
Por José Espinosa Feliz.

No hay comentarios.