Breaking News

La última jugada de Máximo Beras, el hombre que murió en una banca de lotería

 

Por Manuel Antonio Vega. 

​El aire en Bayahíbe siempre huele a salitre y a promesas, pero la tarde de este sábado, ese aroma se tornó espeso, cargado con el peso de la fatalidad.

 En el interior de una pequeña banca de lotería, donde el ruido de la impresora de tiques suele ser el sonido de la esperanza, el tiempo se detuvo de golpe para Máximo Emilio Beras Girón.

​A sus 55 años, Máximo no buscaba la muerte; buscaba un milagro. Originario de El Seibo, cargaba en sus bolsillos la fe del hombre que sabe que la vida es dura, pero que un número —un simple número— puede cambiarlo todo.

​Entró al local con la determinación de quien tiene una cita con la fortuna. Dicen los que allí estaban que su voz no tembló al dictar las cifras. 

Uno a uno, los números fueron cayendo en el sistema, grabándose en ese papel térmico que hoy, irónicamente, es más duradero que su propio pulso.

​Ya había jugado. Los recibos estaban ahí, tibios todavía por el calor de la máquina.

 Máximo acariciaba la posibilidad de ganar, sin saber que el destino ya había barajado las cartas en su contra.

​De repente, un rayo invisible le atravesó el pecho. No hubo advertencia, solo un vacío voraz. El infarto, como un ladrón en medio del sorteo, le arrebató el aire justo cuando soñaba con el premio mayor.

 Máximo se desplomó sobre el suelo polvoriento de la banca, rodeado de carteles de colores y sueños de papel que, en un segundo, se convirtieron en ceniza emocional.

​La apuesta que la muerte cobró por adelantado

​La escena era desgarradora. Mientras las autoridades realizaban el levantamiento del cuerpo, el silencio en la comunidad de Bayahíbe se volvió ensordecedor. 

Allí yacía el hombre de El Seibo, lejos de los suyos, con la mirada perdida en un horizonte que ya no alcanzaba a ver.

​"Se fue con los números en la mano", murmuró alguien entre la multitud.

​Es la tragedia más amarga del jugador: morir antes de saber si se ha ganado. 

La banca, ese templo del azar dominicano, se transformó en una capilla ardiente improvisada.

 Los tiques que Máximo compró con tanto anhelo quedaron allí, mudos, esperando un sorteo que él verá desde el otro lado del velo.

​En las próximas horas, la ciencia médica dirá qué parte de su corazón falló. Pero en las calles de Bayahíbe, todos saben la verdad: Máximo Beras hizo su apuesta más alta, y la muerte, que siempre tiene la casa a su favor, decidió cobrarle la vida justo antes de que el bolo cayera.

​Las autoridades de Higüey llegaron poco después. 

Realizaron el levantamiento del cuerpo con el rigor que exige la ley, mientras en el ambiente flotaba una pregunta inevitable: ¿habrá salido alguno de los números que Máximo dejó jugados?
​Para él, sin embargo, el sorteo de la vida ya había terminado. 

Se fue de Bayahíbe como llegó: con su identidad de El Seibo en el bolsillo y la fe puesta en el azar, ese mismo azar que hoy decidió que su última jugada fuera un encuentro definitivo con la eternidad

No hay comentarios.