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Opinión: Un país rodeado de mar, pero arrodillado ante las importaciones.




Por Bill Peña.

La República Dominicana es una media isla rodeada de mares y, en tal virtud, resulta inaceptable que cerca del 70% del pescado y marisco que se consume en nuestro país sea importado.

Esta realidad no solo evidencia una grave contradicción geográfica, sino que también refleja una profunda debilidad estructural en nuestra economía. Mientras nuestras costas abundan en recursos naturales, nuestra mesa depende, en gran medida, de mercados extranjeros.

Esta situación representa una oportunidad perdida. La industria pesquera, bien gestionada, podría convertirse en un pilar estratégico para la seguridad alimentaria, la generación de empleos y el crecimiento económico sostenible. Sin embargo, por décadas, este sector ha sido relegado a un segundo plano, sin políticas públicas consistentes que impulsen su desarrollo integral.

El Estado dominicano tiene una responsabilidad ineludible: invertir en infraestructura, tecnología y capacitación para modernizar la pesca nacional. No se trata únicamente de aumentar la producción, sino de hacerlo de manera sostenible, respetando los ecosistemas marinos y garantizando la preservación de nuestros recursos para las futuras generaciones.

Asimismo, es imprescindible crear incentivos reales para los pescadores y emprendedores del sector. Acceso a financiamiento, facilidades para la adquisición de equipos, desarrollo de cadenas de frío y mercados de distribución eficientes son elementos clave para transformar la pesca en una actividad rentable y competitiva.

La importación masiva de productos del mar no solo afecta la balanza comercial, sino que también limita el desarrollo de las comunidades costeras, muchas de las cuales viven en condiciones de vulnerabilidad a pesar de estar rodeadas de riqueza natural. Apostar por la industria pesquera es también apostar por la justicia social y la descentralización del desarrollo económico.

Además, el potencial exportador de productos marinos dominicanos sigue siendo subestimado. Con estándares de calidad adecuados y una estrategia clara de posicionamiento internacional, el país podría insertarse con éxito en mercados exigentes, generando divisas y fortaleciendo su presencia global.

Es momento de mirar hacia el mar con visión estratégica. No podemos seguir ignorando una de nuestras mayores ventajas comparativas. Convertir la pesca en un motor de desarrollo no es una opción, es una necesidad impostergable para construir una economía más fuerte, soberana y equitativa..

Nota Recibida.

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